Sister Rosetta Tharpe: La madrina del Rock and Roll – 1ª parte

Sister Rosetta Tharpe: La madrina del Rock and Roll – 1ª parte

Cuando el gospel salió de la iglesia

La historia de la música popular suele contarse a través de grandes nombres y momentos fundacionales. Se habla del nacimiento del blues eléctrico, de la aparición del rock and roll o de la consolidación de la guitarra eléctrica como símbolo de una nueva cultura juvenil. Sin embargo, los cambios históricos rara vez obedecen a una fecha concreta o a una sola persona. Con frecuencia son el resultado de procesos más largos, impulsados por artistas que exploran nuevos caminos antes de que exista un nombre para definirlos.

Entre ellos se encuentra Sister Rosetta Tharpe.

Hoy su figura suele asociarse a los orígenes del rock and roll, hasta el punto de que numerosos historiadores y críticos musicales la han descrito como «la madrina del rock and roll». Sin embargo, para comprender la relevancia de su trayectoria conviene regresar a los años en que ese género todavía no existía y observar el entorno en el que desarrolló su carrera.

Una infancia entre fe y música

Nacida como Rosetta Nubin en 1915, en Cotton Plant, Arkansas, creció en el seno de una familia profundamente vinculada a la Iglesia de Dios en Cristo. Su madre, evangelista y cantante, desempeñó un papel fundamental en su formación. En aquella comunidad religiosa, la música ocupaba un lugar central en la vida cotidiana.

Desde muy temprana edad destacó tanto por su capacidad vocal como por su habilidad con la guitarra. Siendo todavía una niña, acompañaba a su madre en reuniones religiosas y giras evangelizadoras. Aquellas experiencias le permitieron desarrollar una notable soltura escénica y una relación muy natural con el público.

Años después, esa combinación de talento musical y presencia sobre el escenario se convertiría en una de sus principales señas de identidad.

Un país en transformación

Durante las primeras décadas del siglo XX, Estados Unidos atravesó profundos cambios sociales y culturales. La llamada Gran Migración llevó a millones de afroamericanos desde las zonas rurales del sur hacia ciudades como Chicago, Detroit o Nueva York.

Con ellos viajaron también sus tradiciones, sus iglesias y su música.

El gospel comenzó a abandonar progresivamente los espacios exclusivamente religiosos para encontrar nuevos públicos. La radio, los teatros y la industria discográfica ampliaron enormemente su alcance.

Rosetta Tharpe desarrolló su carrera precisamente en medio de esta transformación.

Más allá de los muros de la iglesia

A finales de la década de 1930, sus grabaciones empezaron a llamar la atención de públicos cada vez más amplios. Lo llamativo no era únicamente la calidad de su voz. Otros intérpretes poseían también grandes cualidades vocales.

Lo que distinguía a Rosetta era la energía de sus actuaciones y la manera en que utilizaba la guitarra para reforzar el carácter de sus interpretaciones.

Aquella evolución despertó algunas críticas.

Para determinados sectores religiosos, la música espiritual debía permanecer dentro de unos límites bien definidos. La presencia de artistas de gospel en escenarios comerciales generaba recelos entre quienes consideraban que ambos mundos debían mantenerse separados.

Rosetta, sin embargo, parecía sentirse cómoda en ese espacio intermedio.

Sus canciones seguían transmitiendo mensajes religiosos. Lo que cambiaba era la forma de presentarlas. Conservaba las raíces del gospel mientras incorporaba elementos propios de una escena musical cada vez más diversa y dinámica.

Una guitarrista poco común

También conviene recordar el contexto en el que desarrolló su carrera.

La industria musical estadounidense de las décadas de 1930 y 1940 ofrecía pocas oportunidades a las mujeres instrumentistas y menos aún a las artistas afroamericanas. Aunque existían numerosas cantantes de prestigio, el reconocimiento público tendía a concentrarse en perfiles muy concretos.

Rosetta destacó en un ámbito especialmente singular.

No era únicamente una cantante. Era una guitarrista de enorme talento.

En una época en la que la imagen del virtuoso instrumental solía asociarse a los hombres, ella ocupó el escenario con una autoridad que llamaba la atención incluso entre músicos experimentados.

No necesitó convertir esa circunstancia en una bandera. Su mejor argumento era su capacidad artística.

Las grabaciones y filmaciones conservadas muestran a una intérprete segura de sí misma, técnicamente sólida y capaz de transmitir una enorme energía al público.

Cuando la historia empieza a cambiar

Escuchadas desde el presente, algunas de aquellas interpretaciones resultan sorprendentes.

No porque anticiparan exactamente el rock and roll que surgiría años después, sino porque contienen elementos que terminarían formando parte de su lenguaje musical: ritmos más marcados, una guitarra protagonista y una intensidad interpretativa poco habitual para la época.

Como ocurre con tantos procesos históricos, la influencia rara vez es inmediata.

Los cambios se producen poco a poco, a medida que nuevas ideas son adoptadas, transformadas y transmitidas por otros artistas.

Sister Rosetta Tharpe formó parte de uno de esos procesos.

Mientras otros músicos contribuían a la evolución del blues, del jazz o del rhythm and blues, ella demostraba que el gospel también podía adaptarse a nuevos espacios y nuevas sensibilidades sin perder su esencia.

Por eso, su importancia histórica va más allá de la calidad de sus grabaciones o de su indudable talento como intérprete.

Cuando el gospel salió de la iglesia y comenzó a recorrer nuevos caminos, Sister Rosetta Tharpe no fue una simple espectadora.

Fue una de las artistas que ayudaron a abrir la puerta.

Y las consecuencias de aquel cambio se dejarían sentir durante décadas.